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(Publicado en diario La Capital, de Rosario)
La sociedad rosarina asiste, en estos días, a un espectáculo grotesco, protagonizado por algunos que pretenden ordenar el retiro de obras de arte del Museo Castagnino, prohibiendo así que cada uno de los habitantes de esta ciudad disponga de su propia decisión de verlas o no. ¿Quiénes son estos señores que quieren adueñarse de nuestra voluntad? Son, ni más ni menos, los que se consideran dueños de la moral, pretendiendo trasladar ese rol hegemónico hacia las culturas populares. Son los que utilizan a la cultura para avalar sus pautas de vida y necesitan apelar a un acto tan deleznable como la censura para defender sus intereses. Esta situación no es nueva. A lo largo de la historia hubo quienes han defendido valores que -el tiempo demostró- no fueron otra cosa que intereses sectoriales de poder. De las tantas cosas que hemos perdido en el mundo de la globalización, tratemos de no perder la memoria porque, sin pasado, muy mezquino será el futuro que podamos proyectar. El 1º de junio de 1855, Charles Baudelaire publicó en la “Revue de deux Mondes” un conjunto de dieciocho poemas que conformarían “Las flores del mal”. El 7 de julio, apenas un mes después, la policía tenía conocimientos de un informe que juzgaba la obra como “un desafío a las leyes que protegen la religión y la moral”. El 27 de agosto de 1857, la Sala Sexta del Tribunal del Sena condenó a Baudelaire y sus editores, Paulet-Malasis y de Broise, y suprimió seis versos de “Las flores del mal” por encerrar “delito de ultraje a la moral pública y las buenas costumbres”. En 1929, el Ministro de Justicia Louis Barthou propuso la elaboración de un proyecto para rehabilitar obras literarias que hubiesen sido condenadas mediante procesos judiciales. El obstáculo que se presentaba era el artículo 443 del Código Civil de Francia, que permitía la revisión de procesos únicamente bajo condiciones muy definidas, siendo indispensable el aporte de un “hecho nuevo” que revirtiera la situación del acusado. La iniciativa no prosperó en ese momento, y hubo que esperar hasta que la Asamblea Nacional tratara el tema el 12 de setiembre de 1946 y promulgara una ley adecuada el 25 del mismo mes. Se reabrió entonces la causa, y las idas y venidas culminaron el 31 de mayo de 1949, cuando el Tribunal de Casación rehabilitó a Baudelaire y sus editores. Esta serie de complicados movimientos legales y tribunalicios no fue por causa de la pereza de la burocracia, sino por aquel “hecho nuevo” que reclamaba el Código Civil. Descubrimos que así fue y cuál era ese hecho nuevo, al leer el veredicto: “Resultando que los poemas objetos del proceso no encierran término obsceno alguno o incluso grosero y no sobrepasan, en su forma expresiva, las libertades permitidas al artista; que si bien es cierto que algunas descripciones, por su originalidad, pudieron alarmar a algunos espíritus de la época de la publicación y aparecer a los primeros juzgadores como ofensas a las buenas costumbres... tal apreciación se ha revelado arbitraria, pues no ha sido ratificada ni por la opinión pública ni por el juicio de los hombres de letras... Resultando que el delito de ultraje a las buenas costumbres del que fueron condenados el autor y los editores de “Las flores del mal” no está caracterizado, procede reivindicar la memoria...” (1) Un caso similar a éste es el de Flaubert, censurado por su obra “Madame Bovary”. El Procurador General de la Corte de Apelaciones de Grenoble, Paul Goubert, rehabilita a Flaubert en nombre del Tribunal, un poco molesto porque “la misión de la literatura debe ser embellecer y recrear el espíritu, elevando la inteligencia y depurando las costumbres”, sin olvidarse de condenar “un realismo que podría ser la negación de lo bello y de lo bueno”. (2) Reitero: todo grupo social que dispone de un poder coercitivo, se defiende de cualquier manifestación cultural que atente o cuestione los valores fundamentales que sustentan a ese grupo. La censura, que en nuestro país generalmente atribuimos a los períodos de gobiernos de facto, no es de su exclusividad sino que viene de mucho tiempo atrás. Pero retomemos nuevamente los casos anteriores. El abogado de Baudelaire, en 1857, ya estaba advirtiendo que la relación entre moral y política era más estrecha de lo declamado, y denunció que al condenar una obra por razones morales, se lo hacía realmente por razones políticas; el gobierno pretendía de la literatura determinados resultados. Decía Chaix d’Est-Ange: “Después de las ilustraciones de la guerra, el nuevo régimen napoleónico debió investigar las ilustraciones de las letras y las artes. ¿Qué moral mojigata, gazmoña, hostil es ésta, que intenta nada menos que crear conspiradores en el tranquilo mundo de los soñadores? De ahora en adelante se harán libros que consuelen y que sirvan para demostrar que el hombre ha nacido bueno y que todos los hombres son felices. ¡Qué abominable hipocresía!”. La interpretación del abogado era correcta. El tiempo le dio la razón porque, si los valores son eternos, “Las flores del mal” no podría haber sido rehabilitada jamás. Estos valores morales, presentes a lo largo de la historia, distan mucho de ser valores universales, y se reacomodan con el tiempo según las conveniencias. Son valores sectoriales, creados para conservar y apuntalar otros valores, a los que no todos los sectores sociales pueden acceder. Son valores políticos los que están en juego, y los que cambian con el tiempo de acuerdo a las circunstancias. Es evidente que si los valores morales de una época llevaron a los países a dos guerras mundiales con todo lo que ello implicó en las economías y en las sociedades, esos valores pierden su base de sustentación. Hay que justificar el holocausto y remozar las pautas morales para seguir avalando los sistemas económicos en crisis; para, a pesar de todo, mantener algunos privilegios que otorgan el poder y la injusticia. Se rehabilita entonces a los escritores mencionados después de la guerra, porque su moral ya no es molesta, y se coloca en la mira a los nuevos subversivos que cuestionan este renovado orden constituido. A orden nuevo, nuevos valores que lo justifiquen. El “hecho nuevo” exigido por el Código francés no se produce en la obra literaria en cuestión, ni en los papeles del juicio, ni en la moral: se produce en la política. Es digno de destacar, por último, que cuando el Tribunal hablaba de la apreciación de la opinión pública, que no ratifica el juicio inicial, lo hace a sabiendas de que había una realidad que superaba a la “moral legal”, puesto que el mismo Baudelaire y sus editores publicaron la versión completa de la obra en Bruselas en 1866, 1868 y 1874. En 1890 se editó en París, y desde 1917, al pasar a dominio público los derechos de autor, las ediciones en Francia son innumerables. Pretender que un particular o una institución dicten normas sobre moral y sobre estética en una sociedad democrática, es retrógado y desubicado. Pretender que saquen una obra de un museo o un libro de una biblioteca, es aberrante y caníbal. Siguiendo estos pasos, Adolfo Hitler declaró en un discurso en 1936: “Una era cristiana no podía tener sino un arte cristiano, y una era nacional-socialista no puede tener sino un arte nacional-socialista. La dirección cultural del pueblo debe extenderse entre nosotros a todos los dominios de la vida artística. Y desde ahora estamos contentos de saber que ese esfuerzo no es una simple tentativa, sino que se traduce en realidades. Todo lo que no sirva al movimiento deberá descartarse. La eficacia es la que priva. El arte, que está al servicio del Estado, debe reflejar de manera global la visión del mundo nacional-socialista”. Los argentinos no queremos este tipo de discursos, ya vivimos nuestra propia era del horror. Espero que así también lo entiendan la justicia y la población de una vez y para siempre. Somos muchos los que esperamos que la era de la inquisición y la caza de brujas haya quedado atrás. Somos también muchos los que creemos que la verdadera obscenidad moral y ética no está en una obra de arte, sino en que nuestros dirigentes políticos –que se llenan la boca hablando de moral y honestidad- siguen permitiendo que los chicos duerman en la calle y tanta gente coma de los tachos de basura. Como decía un viejo dicho de mi infancia, aunque parezca grosero: “no hay que pregonar la moral con la bragueta abierta”.
Reynaldo Uribe
(1) Charles Baudelaire, “Obra poética completa”, Ediciones 29, Madrid, 1980 (“El proceso a Las flores del mal”, notas del editor)
(2) Corte de Apelaciones de Grenoble. Audiencia solemne de revisión del 3 de octubre de 1949. Rehabilitación de Madame Bovary.
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